
Las tiendas caras huelen distinto. Uno pone los pies en su impecable moqueta y enseguida una fragancia agradable -muchas veces la de alguno de los perfumes que también comercializa- lo envuelve todo. Los espacios son abiertos; la música, suave, elegante; no hay que hacer cola para probarse una prenda y mucho menos para pagarla.
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